Todavía hoy se pueden encontrar las centenares de piedras en aquel misterioso rincoón del Monte de El Pardo. Abandonados se hayan decenas de capiteles, basamentos, molduras, parteluces y dovelas. Son las ruinas de la Iglesia del Buen Suceso, un templo construido en 1868 en la calle Princesa por Agustí n Ortiz de Villajos, que en 1975 fue demolido y finalmente olvidado.
Fascinado por este descubrimiento realicé un registro de cada una de estas piezas, tomando medidas de dimensiones y de peso, y comencé una rigurosa reconstruccioón de la Iglesia desaparecida. Si los templos son de las obras más fascinantes de la historia de la arquitectura, quería diseñar uno más. Entendí entonces esos 620 sillares ornamentales no como una ruina romántica sino como 190 toneladas de peso, o lo que es lo mismo, una ballena azul.
El emplazamiento no era otro que el único monte no protegido que limita con el Monte de El Pardo, un lugar por el que antiguamente pasaba el camino de Santiago y desde donde hoy, se puede contemplar todo Madrid. A la cima se llegaría por un largo camino de 14 quiebros, en cada esquina, un episodio del Vía Crucis. Quería repetir el más fascinante acceso que jamás había tenido una Iglesia, el de la catedral insertada sobre la mezquita de córdoba. Mil trescientos árboles re-interpretarían la trama hipóstila, escondiendo el templo en su interior.
Comenzaba así el delirio de proyectar una Iglesia suspendida en el aire. Sobre un poderoso y robusto basamento que es una cripta se levanta un ligero manto nacarado. El manto tiene un peso propio, que se equilibra con el momento producido por las piedras a través de unas balanzas que componen la fachada; Unas estructuras que parecen grullas pero que son grúas. Si las iglesias góticas buscaban la esbeltez del espacio mediante líneas de fuerza a compresión, este espacio se nerva mediante líneas de fuerza a tracción. Donde los contrafuertes ya no empujan sino que tiran.
El ornamento ya no es delito1, es equilibrio, y la geometría2 es la herramienta para construirlo, ocho formas dibujan todo el proyecto:
El hexágono pavimenta, porque cubre un plano horizontal.
La espiral empaqueta, porque organiza una planta.
El ángulo concentra, porque los esfuerzos se reparten en 45 puntos. La hélice agarra, porque la envolvente se resuelve a tracción.
El fractal coloniza, porque un único detalle basta para cubrirla.
La esfera protege, porque de 154 perfiles se descuelga.
La catenaria aguanta, porque tan sólo una es suficiente.
Y Finalmente, el peso cae.
Si de algo estamos seguros, es de que la gravedad es inevitable.
Este proyecto no es necesario ni pertinente, mucho menos, oportuno. Es un proyecto sin condicionantes y sin preexistencias, un ejercicio de teoría y de diseño sobre un papel en blanco. No es más que el resultado de una investigación optimista, valiente y desprejuiciada acerca de la geometría, el equilibrio y la monumentalidad en arquitectura. Es el desenlace de una serie de experimentos realizados desde la razón, la imaginación y sobre todo, la intuición.
Adolf Loos decía que la arquitectura despierta sentimiento en el ser humano, y que es nuestro deber, como arquitectos, hacer esos sentimientos más precisos.
1 Adolf Loos “Ornamento y Delito”. (1908)
2 Jorge Wagensberg “La rebelión de las formas”. (2004)
Proyecto
Un buen suceso
Ubicación
Madrid
Arquitecto
Manuel Bouzas y Santiago del Aguila
Año
2018